Decir que una ciudad no se construye de un momento para otro es casi una obviedad. Nadie se atrevería a pensar lo contrario. Un acto fundacional no significa un todo acabado, sino un todo pensado, de alguien o de muchos que se animan a proyectar hacia adelante.
Dicen los historiadores locales que la ciudad de Venado Tuerto nace de la integración de dos pueblos. Por un lado, aquel fundado por el señor Eduardo Casey, de forma cuadrangular, que presentaba una plaza central y cuatro plazas menores en las esquinas. Tenía cuatro avenidas principales que nacían de esta plaza central (Irigoyen, Estrugamou, Marconi y Casey) y otras cuatro, menos anchas, que rodeaban al pueblo (Lisandro de la Torre, Brown, España y Mitre). Por otro lado, el “pueblo del ferrocarril”. La línea “Santa Fe – Córdoba” que desde Villa Constitución se internaba hacia el oeste del país, fue totalmente decisiva. A raíz de este recorrido se ubicó una estación que luego dio origen al “Nuevo Venado Tuerto”. A diferencia del anterior, éste era de conformación longitudinal siguiendo la extensión de la vía férrea. Sus limites eran las calles Estados Unidos, Ruta 8 y Rivadavia. La mayor parte de las calles eran de 20 metros de ancho excepto Alem, también llamada “La Gran Avenida”, que tenía 34 metros. La plaza central de este segundo Venado Tuerto estaba ubicada donde hoy está el colegio Nacional Nº 1 y frente a ella se situaba su correspondiente centro cívico.
Para que la estación de trenes y su respectiva vía férrea se instalara en nuestra ciudad, el gobierno nacional adquirió en 1888, seis de las diecisiete chacras que formaban el campo conocido como “Suerte de Chacras”. Éste era propiedad de Don Pedro Iturbide y se extendía desde la actual calle Rivadavia hacia el sur. Se enajenaron así, seis chacras de 40 hectáreas cada una y fue el inglés Moses Walter Ratcliffe, quien asesoró al gobierno nacional. El 8 de julio de 1890 se inauguró el edificio de la estación ferroviaria. El 1º de diciembre de ese año llegó el primer tren.
El paso de los años y la voluntad trabajadora de estos primero hombres hicieron más. Los asentamientos permanentes fueron desbordando el trazado original, y ya no pudo hablarse de un pueblo fundado por Casey y otro nacido de las vías férreas. Venado Tuerto era uno sólo, y representaba mucho más que la unión de dos distintos, representaba la unión de un conjunto que miraba esperanzado hacia el futuro.
Debe decirse que cuando aún corría 1884, - año de la fundación-, y aunque la ciudad todavía no era una, la plaza San Martín sí ya era su centro geográfico y social. Orgullo de sus pobladores y destino de la recreación de unos y otros, la plaza se asentó sobre los terrenos donados por don Alejandro Estrugamou y se adornó con eucaliptos y aromos traídos desde Rosario. En sus comienzos estaba alambrada y era común ver animales pastando en su perímetro, ya que los propietarios la costumbre de dejar sus caballos atados a las plantas mientras hacían sus diligencias.
Bajo la intendencia de Don José Armando Aufranc (1937), la plaza San Martín fue embellecida. Se plantaron más de 3.000 nuevas plantas y arbustos, se renovó el césped y se colocaron tres columnas de mármol y un mástil de 25 metros de altura.
Un pueblo que proyectaba su destino necesitaba cubrir y continuar enriqueciendo sus necesidades espirituales. La piedra fundamental de la primera capilla de la ciudad se colocó y bendijo el 23 de octubre de 1883. Tal ceremonia estuvo a cargo del canónigo Eduardo Dillón y por primera vez se enarboló la bandera nacional en Venado Tuerto. Una vez construida la capilla, fue bendecida en acto inaugural el 9 de noviembre del 1884. La inmaculada Virgen María fue elegida como patrona de la ciudad. Según presumen los historiadores la imagen de la virgen que aún hoy perdura en la Catedral, habría sido traída desde Francia, y en aquel entonces, ya habría tenido más de cien años.
El primer cura párroco fue el padre Felix Goumond, quien llegó en1889 procedente de Bélgica. El padre Goumond recorría la ciudad montado a caballo y debido al permanente acrecentamiento de los fieles pensó en construir un templo más grande. Fue él mismo quien reunió el dinero suficiente para emprender tal obra, obra que no pudo ver finalizada antes de su muerte.
La nueva iglesia se inauguró 15 de agosto de 1899. La campana fue donada en 1902 y el altar mayor en 1908. Recién en 1925 fue nombrado un venadense como cura párroco de la iglesia. Se trataba de José T. Maxwell, hijo de irlandeses que sería fundamental para la historia espiritual de los pobladores.
Así como nacía la primer iglesia, también se proyectaba en aquellos primero años el primer cementerio. Comenzó a construirse a principios de 1886 en tierras donadas, al igual que la Plaza San Martín, por don Alejandro Estrugamou. Se cuenta que la primera persona fallecida fue Camilo Cardozo, quien encontró su muerte un día como cualquier otro mientras iba a caballo al almacén “Arteaga”. En ese entonces, todavía no estaba listo el cementerio, por lo que fue enterrado donde actualmente está la pared trasera de la capilla. Los primeros fallecidos fueron enterrados alrededor de la iglesia y trasladados con el paso de los años.
Así como se pensaba en la riqueza económica de la ciudad (ferrocarril de por medio), en la riqueza espiritual y en las posibilidades de recreación, también el factor educativo importaba a principios de siglo. La escuela Evangélica Mixta fue fundada el 1º de agosto de 1905, su primer maestro fue Federico Barroetaveña y fue la figura de Don Miguel Andueza la que sirvió de motor para impulsar este establecimiento educativo. A los pocos años se fundaron otras instituciones, tales como el conocido Railway Institue School, o la escuela inglesa del FCCA. Fue fundada el 8 de enero de 1907, en calle Sarmiento y surgió como iniciativa de la Compañía del Ferrocarril Central Argentino que a partir de esta medida intentaba favorecer a los hijos de sus empleados. Más tarde, se fundó el colegio hispanoamericano (1926), que se dedicó a la enseñanza preparatoria, inicial y elemental, y cuyo primer director fue el señor Miguel Manzano.
Las bases estaban puestas, restaba ver cómo soportarían los avatares del crecimiento. Admirarse de aquéllos emprendedores de otro siglo bien vale la pena. Más de cien años después comprobamos que muchas de sus necesidades se parecen a las nuestras, sólo que mientras que ellos debieron empezar de cero para poder resolverlas, nosotros tenemos lo que necesitamos porque ellos nos marcaron el camino de la búsqueda.
Cecilia Alvado.
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Fuente Bibliográfica consultada:
“Mi ciudad, tu historia, tu vida, tu gente”, José Favoretto.