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Postales actuales y cotidianas de otro tiempo
“El ver es natural, inmediato, indeterminado, sin intención; el mirar en cambio, es cultural, mediato, determinado, intencional. Con el ver se nace; el mirar hay que aprenderlo.” Fernando Vazquez Rodriguez
Me propongo caminar levantando la cabeza, eso que no hago cada vez que voy a trabajar. El apuro me lo impide, mi disposición también ayuda. Cada vez que camino la ciudad lo hago con ciertos fines (ir a trabajar, ir de un familiar, de un amigo, ir a comprar algo), y esos fines casi nunca la tienen como destino. Por eso hoy voy a hacer el mismo recorrido pero su único objetivo será intentar desentrañar indicios del pasado que habitan en nuestras postales del presente. Salgo de calle Marconi y San Martín. A un lado tengo el Colegio Santa Rosa; al otro, la Municipalidad, edificios originarios de aquellos inicios. Sus pisos y paredes dan cuenta de ello, proponen un estilo y una calidad en la edificación que hablan de hombres que pensaban en construir y perdurar, nada de construir para remodelar, para renovar. Permanecer era el incentivo, desafiar el tiempo, funcionar como ejemplo absolutamente visible. Es media mañana, las oficinas de la municipalidad no dejan de atender un ajetreado ir y venir de vecinos; cruzando la calle, las aulas del colegio Santa Rosa escuchan las voces de quienes allí piensan en más adelante. Me pregunto: ¿cuánto de este origen centenario vemos cada vez que estamos por allí? Cada vez que visité esos lugares, nunca lo pensé. Ahhh, es cierto, tenía otros fines. Sigo caminando, dos esquinas, separadas por cien metros me vuelven a llamar la atención sobre el pasado. En la esquina de San Martín y Alvear, el Banco Provincia; en diagonal, cruzando la calle, en la esquina de San Martín y Mitre, el Banco Nación. Pintado hoy los dos de colores claros, lo que es una arquitectura de líneas curvas para el edificio del Banco Provincia se contrapone a una arquitectura de líneas rectas en el Banco Nación. Los dos presentan sus puertas de entrada justo en la esquina. Imponentes, sólidas, están abiertas, pero cerradas parecerán impenetrables. Las puertas laterales funcionan como atajos. Ambos exhiben ventanales que permiten ver desde adentro hacia fuera pero que impiden el ejercicio inverso, equivalentes en tamaño, pero distintos en sus terminaciones. Los ventanales del Banco Provincia terminan en la parte superior en forma semicircular, acompañando a las molduras estilo rococó de su terraza; los ventanales del Banco Nación proponen cierta rigidez elegante, rectangulares, de vidrios oscuros y terminaciones inferiores en mármol. Esta es nuestra imagen actual, que aunque presente, viene de otro tiempo. Leyendo me entero que ninguno de los dos nacieron en este lugar, pero qué sí fueron las primeras décadas del siglo XX las que vieron sus respectivos traslados hacia donde están ubicados hoy. Calle San Martín no me deja volver atrás. Avanzo. Llego casi a su límite, donde choca con Rivadavia. Un poco antes otra cita con la historia me hace detener: la Casa del Obispado. Antigua, hermosa, con un patio delantero que invita al juego y un hall de entrada que permite imaginar el refinamiento y la historia que se guarda detrás de esa puerta. Esa edificación que es hoy la casa del Obispado alguna vez perteneció a la familia Long, y al observar los patios que circundan tal obra no puedo dejar de imaginar que jugar allí de ninguna manera pudo haber sido aburrido. Patios para jugar, sin duda hablamos de construcciones de otro tiempo. Pienso en terminar mi caprichosa recorrida y volver a casa. Pero esto de levantar la cabeza para mirar lo que habitualmente veo de reojo me tentó a ir un poco más allá. Voy a terminar mi paseo en un lugar que solía admirar de chica. Cuando tenía entre seis y ocho años y veníamos del campo a hacer las compras semanales, el supermercado Cooperación ubicado por calle Sarmiento a la altura de la estación de trenes era un paseo habitual. Desde la camioneta me imaginaba historias en esas especie de pérgolas ubicadas al frente de la estación, llenas de plantas, que por entonces me parecían abundantes. Es ese escenario el que quiero volver a mirar. Camino calles más tranquilas y llego a destino. El supermercado se convirtió en oficinas administrativas. La estación perdió su ajetreo y ganó pintoresquismo que la hace ser escenografía de fotografías sociales. Me permito pasar hacia atrás de la estación, -mi papá no me hubiera dejado en aquel entonces-. El andén está vació, el cartel que indica Ciudad de Venado Tuerto está derruido. Me doy vuelta, no muy lejos se divisa el puente. Las bicicletas cruzan esta línea divisoria que en otro momento fue más tajante. Acá me detengo, me siento un rato en el andén. Sólo me faltan unas pocas cuadras para llegar a casa. No puedo decir que caminé mucho, pero al menos rescate para mi memoria algunos rasgos de estos caminos cotidianos que por apuro, a veces, sólo veo. Cecilia Alvado
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